Mi escuela llamada cárcel

En la vida hay que aprender muchas cosas. Estar en la cárcel es una escuela de la vida: aprendemos a valorar muchas cosas que hemos perdido, en especial la libertad. La cárcel me enseña a ser tolerante, amar a los demás, ayudar al necesitado, saber compartir. He aprendido a soportar en mi celda a quienes no somos de mutuo agrado, pues muchos compañeros tienen defectos o cosas que a uno no le gustan.

El preso dice: «Estás preso, bien estabas afuera». Aquí he aprendido a soportar el comportamiento de los demás, el desorden de los demás, el vocabulario de los demás, la arrogancia de los demás, dormir en una litera, vivir en un lugar estrecho… todo eso es el precio que tengo que pagar por mis errores, y de los errores uno aprende.

He aprendido a valorar a mis hijos, que hoy no están aquí conmigo; los extraño, como a la comida, mi colchón, mi agua helada, mis bolones… He perdido todo eso por mis faltas, y hoy he comprendido que estar preso es una lección. Me animo yo mismo: pronto saldré libre con una nueva mente, una nueva vida, es mi segunda oportunidad que Dios me da: así como llueve, escampa.

Hoy soy bachiller: gracias a Dios y al Centro de Rehabilitación, estoy siguiendo otra carrera. Soy cristiano. Tengo muchos certificados de todo lo que he participado dentro del centro.

Posdata: la mejor terapia para la Cana, manténgase ocupado.